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Vamos creciendo y creo que dejamos de entender la alegría que nos daba diciembre y su armado de árboles y pesebres navideños. Desde 1984 en adelante yo tuve que empezar a dividirme: navidad con mamá y hermanas, año nuevo con papá y abuelos (y alguna hermana que a veces se sumaba). Y sigo igual desde esa época, salvo cuando decidí ir a pasar las fiestas con hermana 2 a Bolivia. La parte que más me divierte es cuando preparo la carta de Papá Noel destinada a mis sobrinos y sobrinas, que se descostillan de risa cuando leen a un viejito medio malhablado que les critica la falta de estudio y los olores corporales. Más de una vez hemos escupido al de al lado ante la risa provocada por alguna frase ridícula. Esa carta anual y las aventuras del Ratón Pérez que me espera de vez en cuando en la peatonal para darme el dinero de los dientes que se les caen son las historias preferidas de mis niños, aunque todos ellos ya superen ampliamente la edad de creer en duendes y hadas.Mi árbol de navidad se transformó el año pasado en una guirnalda verde y dorada que decoró mi biblioteca, con algunas mariposas en vez de bolas de colores. Y este año, cinco estrellas de mimbre adornan una de mis ventanas, mientras que el jardín de hierbas aromáticas de mi otra ventana luce estrellas rojas y doradas de madera. Muérdago en la puerta, ni lo sueñen. Si lo pongo, al único que voy a poder besar es al sodero...
Se sentaba en un banquito chiquito, dos colitas revueltas, cara de sueño, ojos redondos, boquita corazón. Tomaba una sopa color rosa, con verduras cortadas en forma de flores. Una vez mi mamá me reprochó que tenía más fotos de ella que de mis sobrinos de sangre. Creo que era verdad. Este año cumplió quince y tiene los mismos ojos redondos, la misma boca corazón, el mismo pelo desordenado. Es hermosa. Dicen que duerme mucho, estudia poco, pelea con toda la familia. Como toda chica que quince. Pero cuando voy de visita, me sonríe de la misma forma en que lo hacía cuando tenía cuatro. Sigo sacándole fotos. Creo que tengo más fotos de ella que de mis sobrinos de sangre.
Un día llegan dos tipos, cancheros, entradores. Vienen con la policía, gente a la que una respeta porque es la autoridad. "Firme aquí doñita", te dicen a vos que tenés más años que la injusticia y como no sabés escribir porque viviste entre cabras en tu rancho desde que te acordás, ponés la impresión del dedo gordo (dícese 'dígito pulgar derecho').Ahí nomás, los tipos entradores se calzan unos lentes oscuros ('Ray Ban' dirías si supieras cuáles son los Ray Ban), cruzan el labio para arriba como los mafiosos de las películas que nunca viste, chasquean los dedos y como a vos te responden los perros y las cabras cuando les silbás, a ellos les responde un resoplido de topadora. Y entra la topadora tirando abajo la tranquera que hizo hace mil años tu papá, o tu abuelo, mientras las gallinas y los perros corren buscando un agujero donde protegerse. Y la topadora voltea, como si fuera de cartón, tu rancho y tu pozo.Años después, abogados mediante, vas a Tribunales porque como hace más de 50 años que vivís en el mismo lugar, el Estado te tiene que proteger. Ahí los volvés a ver, la misma sonrisa, los mismos lentes. Escuchás y escuchan a testigos y abogados. Sabés que tenés razón. Sabés que la gente quiere que ganes, porque es tu tierra y tu casa y tu pozo y tus animales. Y llega el día de la sentencia. Y dicen que no, que no te estafaron. Según los jueces, los hombres con nombre de pelea de poca importancia tienen razón, y la tierra es de ellos, que, seguramente, sembraron ya soja.Te llamás Ramona Bustamante. Tenés más años que la injusticia. Y te comiste otra. Alguna vez, los mansos nos vamos a cansar de que nos metan el dedo en el culo, te lo digo. Y yo me estoy afilando los dientes.
Soy, desde hace muchos años, cultora de terapias médicas alternativas, sin por eso dejar los exámenes anuales de la medicina tradicional. Cuando visito a algún médico nuevo, le explico que no tomo (si puedo evitarlo) medicamentos, porque soy sanita. Eso me ha llevado a algunas discusiones con estos sabios entre los sabios (sólo conozco 4 médicos autocríticos y humildes, los demás, primero la deidad y después - o al lado - ellos) pero en general, como soy una señora mayor y encima leonina, se lo tienen que bancar como señoritos ingleses.Así también soy una buena "autodiagnosticadora". Hace un tiempo empecé con algunos problemas gástricos que me llevaron a decidir que tenía intolerancia a la harina de trigo y a la levadura. Esta semana tuve mi sesión mensual de medicina biocibernética y ahí mi doctor confirmó el diagnóstico. Hace más de 10 días que no como harina... y estoy malísima :)Lo bueno de las intolerancias alimentarias es que, dejando de consumir el producto en cuestión, tu calidad de vida sube inmediatamente. Estoy, entonces, con energías, a pesar de sentir una cierta nostalgia por los criollitos y la pizza.Lamentablemente no puedo sobreponerme tan fácilmente a las otras intolerancias que tengo en la vida.
Un día debería, como Lester Burnham, echar todo por la ventana. Dejar de hacer todo lo que hago, vender lo poco que tengo, fumarme algo, conseguir un trabajo donde no pensar sea la consigna, ejercitarme, enamorarme de alguien más, aunque después me de cuenta que sólo fueron fuegos artificiales de una noche.Como Lester, debería revolear el plato contra la pared, hacer ridiculeces en una fiesta, vengarme de los cagadores. Hoy vi a alguien que perdió la alegría. Confío en que la recuperará, en algún momento, pero mientras tanto, me hubiera gustado que, antes de llegar a esto, hubiera sido un ratito, un ratito nomás como Lester. Que hubiera pensado más en sí mismo que en los demás, que hubiera dejado que otro cargara los paquetes, que hubiera dicho que no muchas más veces de las que dijo que sí.En el año de los deseos, deseo poder seguir viendo en perspectiva, deseo permitirme desear, deseo conservar la alegría. Deseo ser un rato, una vez, Lester y que todo me chupe un ovario, hasta que tenga que volver a la vida real... o morirme.
Materia: Historia Contemporánea de Asia y África.
Contexto: Trabajo Práctico.
Situación 1: Chica que prende fuego a una punta de la mochila mientras le dice a un asombradísimo profesor (piénsese lo dicho con entonación nasal y estilo "Teen Angels", aunque para hacer la materia tengan por lo menos 20 añitos cumplidos): "Ay, profe, es que si no se me pierde este cosito!!" (muestra el "cosito", parte de la terminación del cordón de la mochila).
Situación 2: "Como dice aquí el apunte este hombre que no sé cómo se pronuncia pero bueno, es el primero de aquí, no lo pronuncio porque no me sale!" (El "hombre" era Jean Chesneaux... Insisto, cuarto año de la carrera... ¿no saben decir Chesnó, medio aspiradito?)
Situación 3: "Bueno, con el otro apunte, el de este que habla del eurocentrismo... no sé cómo se pronuncia..."
"Se pronuncia Valerstain", dice el profesor
"Ese. ¡Al final lo que dice también lo puedo decir yo!"
Que soy una señora mayor es vox populi. Pero les juro, les juro que a la edad de ellos era más respetuosa. Parece que nadie les puede enseñar nada, que Wallerstein sólo habla paparruchadas que cualquiera puede andar diciendo mientras toma una cerveza sentado en el cordón de la vereda de Nueva Córdoba (porque esos pibes fija que viven en Nueva Córdoba), que ninguno de los autores es tan importante como para aprender cómo se pronuncia su apellido...
In ilo tempore, un profesor de Economía Política, hablando del vaciamiento de la Universidad Nacional decía que al menos nosotros, que estudiábamos Historia, no salíamos con licencia para matar, como lo hacían los médicos. En ese momento nos daba risa. Hoy me espanta, porque tenía razón.
Hoy en clases éramos tres, porque el resto preparaba un parcial cuyas consignas nos dieron hace una semana y que hay que completarlo para el próximo viernes... ¿tanto cuesta elaborar respuesta a tres consignas? A pesar de la mínima audiencia, el profesor dio su clase como si fuéramos cuarenta, con la misma dedicación. Me dio vergüenza ajena.
Capaz que el mundo está yendo más rápido.
Capaz que me quedé en el '45.
Pero, loco, un poco de respeto, en serio.
Una vez cada tanto (mejor cada poco) es bueno pararse sobre un banquito, o en la pirquita del frente de casa, o en una silla o al menos ponerse en puntas de pie y mirar y mirar-se.Probablemente no apareció el príncipe azul.Probablemente no tenga el mejor trabajo del mundo.Probablemente la familia sea más que perfectible.Probablemente no salió todo como planeabaPero...... no es azul ni príncipe pero me hace reir y me ceba mates y me acompaña a recitales que no le convencen y hasta se esfuerza para dejar la cama hecha...... no me veo haciendo otra cosa con tanto gusto como lo hago ahora...... me dieron los valores que tengo, las hermanas que tengo y los sobrinos todavía se me sientan en la falda con 15 años cumplidos...... tampoco me traicioné tanto... Hay que mirar, siempre, con perspectiva. Porque desde el suelo las cosas se ven demasiado chatas.